

|
|
|
|
|
Cuenta Carlos Filgueira Capelo, nacido hace nueve años en Lires (Cee), a quien llaman Poti (por los potitos de los bebés) porque es gordo, que sus padres están en Suiza. Se reúne con ellos en vacaciones de verano y Navidad, allá o aquí. Vive con su abuela viuda, que tiene problemas para decir bien algunas palabras. A él le llama Calros. Cuando hace algo mal le amenaza con decírselo a los padres cuando vengan. Pero no vienen. Y él no lo entiende, como tantas cosas de los adultos. Además, los compañeros a veces se ríen de él. Por eso está triste.
Encuentra en la calle un perro pequeño y blanco perdido, que lleva para casa. Decide llamarle Chusquiño. Es su nuevo compañero. Un día vinieron a reclamarlo sus dueños, una mujer de A Coruña con su hijo, pero dejaron que siguiese con Carlos al conocer su situación familiar. Como su primer nombre había sido Nei, pasa a ser Nei Chusco. Es de los dos niños, que se hacen buenos amigos.
La abuela acostumbra mandar comida de la tierra para los padres por un camionero vecino que pasa por Suiza. Un día Carlos se esconde en el camión con el objetivo de reunirse con sus padres. Todos se pone a buscarlo, hasta que lo descubre la policía en la frontera francesa.
De todo esto hace seis años. Ahora vive con sus padres y abuela en Lires; tiene una hermana de tres años. Su padre trabaja de albañil y su madre abrió una cafetería. Él ya está en el instituto y no tiene aquellos problemas de niño. Todavía tiene, también, a Chusquiño.